Polluelo de Harpía menor (Morphnus guianensis), una de las águilas más raras del neotrópico, en su nido, el único conocido en Colombia. Fotografía: Rubén Torres
“En el oficio del aserrador uno siempre va buscando las maderas más finas. Hace siete años, antes de ser parte del proyecto, llegué al pie de un árbol, un amargo. Miré hacia arriba y difícilmente distinguía qué había en sus ramas. Era un árbol grandísimo; creería que tenía casi 60 metros hasta su copa. Lo que no alcancé a imaginarme era que había un grupo de cinco o seis monos aulladores asoleándose en sus ramas más altas. Sin saber, empecé a tumbarlo y cuando menos pensé, vi que los micos cayeron junto con el tronco y sus ramas. Cuando cayó el árbol fui y me monté al trozo y los vi saliendo como borrachos por el estruendo que tuvieron. No supe si pudieron salir todos vivos o si quedó alguno atrapado. A mí sí me dio mucha tristeza ver eso. De que uno, muchas veces, puede hacer mucho daño inconscientemente”, cuenta Franklin.
Durante años, su trabajo y el de su hermano fue tumbar y aserrar árboles. Nunca les habían enseñado a mirar lo que había en ellos.

Franklin y Jhonatan Urrego son dos hermanos de 34 y 35 años que llegaron a la vereda El Pescado, en Segovia, Antioquia, hace 16 años. Provenientes de la vereda Las Cruces, del municipio de Urrao, en este mismo departamento, fueron desplazados por los constantes y crudos enfrentamientos que tuvo el conflicto armado en este municipio en el año 2000. Migraron por un tiempo a Santander y luego viajaron donde un tío a una vereda en los límites entre Puerto Berrío y Remedios, donde estuvieron trabajando con lo que aprendieron desde su adolescencia: aserrar madera.
Sin haber pasado por la escuela, aprendieron del monte y sus árboles. Así, entendieron cómo reconocer las maderas por sus formas, colores y olores, por sus hojas, sus flores y sus frutos. A pesar de no ser un negocio muy rentable, es una de las actividades económicas más fuertes en la región del nordeste antioqueño y, debido a que aún hay zonas remotas que poseen grandes extensiones de montañas con bosque húmedo nativo con maderas finas y grandes, se van volviendo las únicas opciones “para echar mano y generar sustento”. Al tiempo, y sin saberlo, los aserradores se vuelven botánicos empíricos con sentidos y conocimientos muy afinados.

A la vereda El Pescado llegaron porque un señor les ofreció un contrato para abrir potreros en una finca. “Cuando llegamos y vimos toda esa montaña pensamos que eso no servía”, dice Franklin entre risas, como si le extrañara que alguna vez su pensar fue ese. “Nosotros mismos criticábamos a la gente porque pensábamos que no tenían futuro. Nos preguntábamos por qué este vecino que lleva 30 años por acá no tiene más finca abierta. Ese vecino estaba en su lógica de que la montaña era buena y nosotros no. Nosotros destruíamos, tumbe y tumbe”.
Jhonatan cuenta que en su primer contrato tumbaron casi 100 hectáreas de bosque nativo. “Antes pagaban el día de tumba a 50 000 pesos y nosotros establecimos que era a 150 000, y aún así nos contrataban”. De acuerdo con Global Forest Watch, en Antioquia, entre 2002 y 2025, se perdieron 150 000 hectáreas de bosque nativo. Casi el equivalente al área de toda la ciudad de Bogotá.



“La última tumba de monte que hicimos fue un corredor de unos 20 metros de árboles que unían dos parches de bosque. Desde la casa teníamos como un televisor en el que casi a diario podíamos ver a los choibos [mono araña (Ateles hybridus)] cruzar por ahí. Para ese momento no teníamos la conciencia de pensar en la conectividad de los micos [monos]. Luego de tumbar nos dimos cuenta de que para llegar al otro bosque, estos monos debían subir toda una cordillera, casi 1000 metros. Ahí nos dimos cuenta de que habíamos hecho un daño muy grande”, recuerda Jhonatan mientras dice que ese evento les hizo preguntarse: “¿Para qué estamos tumbando tanta montaña? ¿Qué sentido tiene cazar estos animales?”.

Para los hermanos Urrego, pensar en equipo ha sido clave durante toda su vida. La semilla para reflexionar estaba en ellos, a pesar de que a lo largo de sus vidas les enseñaron a aserrar montaña, a cazar; ellos le llamaban vivir y progresar: “Nos enseñaron que eso era lo normal”.
Hace tres años, una empresa multinacional minera le dio aviso a Mateo Giraldo —biólogo de la Universidad EAFIT especializado en grandes águilas— que, por una publicación de Facebook, habían avistado un águila harpía en una vereda de Segovia, Antioquia. Se trata del águila más grande de América y la especie bandera del Proyecto Grandes Rapaces de Colombia.
Con esto, se le hizo una invitación a la comunidad de la vereda El Pescado. Por un grupo de WhatsApp, les avisaron a un poco más de 70 personas que un biólogo haría una visita para hacer actividades de sensibilización sobre unas águilas grandes y raras que se estaban viendo en la vereda. Para Giraldo, este fue un momento de mucha expectativa, pues se esperaba que fueran muchas personas de la vereda. A la reunión solo fue una persona. Ese día Franklin y Giraldo se volvieron amigos. Sin reparar en por qué solo fue una persona al encuentro, Giraldo empezó a hablarle a Franklin sobre las águilas que le apasionan. “Él llegó y sacó una pluma de casi 60 centímetros, creería yo; me pareció muy grande y me impactó. Yo me preguntaba: ¿cómo así que este animal es tan grande? Entonces de ahí sacó ya una tela y la
abrió y me dijo que ese era el tamaño real del águila, que medía 2.2 metros. Yo dije ‘¡Ay juepuerca, ¿cómo así?!’”, cuenta Franklin, sorprendido. Siempre se vuelve a sorprender, sin importar que ya ha podido ver al águila harpía frente a sus ojos en varias ocasiones.
Franklin empezó a atar cabos. Esa misma semana, había visto un animal muy grande tratando de cazar unas pavas. En ese momento no le prestó tanta atención, pero contándole sobre esto a Giraldo, lo invitó hasta su casa para mirar y buscarla.

La caminata duró casi una hora. Para sorpresa de Giraldo, la casa de Franklin no está en los valles ni en las vegas donde la gente suele construir sus viviendas. “Es muy particular que la casa de ellos es una de las más bonitas de la vereda. Llegar hasta allá es supremamente difícil; hay que subir una loma muy empantanada, llevar cualquier material para construir debió ser súper complejo y, aún así, tienen una casa con todo muy bien construido y con una de las vistas más hermosas de toda la vereda”, señala el biólogo. Su casa está hecha de yumbé, una madera fina y resistente.
El yumbé tiene como nombre científico Caryodaphnopsis cogolloi; es endémica en Colombia y se encuentra en peligro de extinción según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN).
Luego del recorrido, Giraldo volvió hasta la empresa para luego regresar a Medellín, no sin haber quedado con una invitación abierta para volver a la casa de los hermanos y a la vereda.
Para los hermanos Urrego, fue clave que Giraldo se mostrara dispuesto a seguirlos visitando. Para ellos, que tienen el paradójico privilegio de vivir en veredas remotas y de difícil acceso, la constancia por parte del Gobierno u otras organizaciones es casi nula. “Vienen cada dos años o no vuelven”, dicen los hermanos. Eso, y lo que describen como sus valores de crianza para recibir amablemente a las visitas, empezó a forjar la confianza que ahora son las bases del Proyecto Grandes Rapaces Colombia en Segovia y el Nordeste antioqueño.
Giraldo, oriundo de Medellín, aunque su familia proviene de Yarumal, norte de Antioquia, siempre tuvo muy claro que quería enfocar su proyecto en este departamento. Ya había hecho algunos primeros acercamientos en el Magdalena Medio, pero no estaba seguro de dónde aparecerían las águilas y su búsqueda no había tenido muchos resultados. “Del nordeste y bajo Cauca antioqueño uno solo escucha cosas feas, en términos de conflicto armado, siempre es una zona caliente, peligrosa, donde uno no va ni como persona natural ni como científico”, señala Giraldo.
Debido a esa misma estigmatización, esta región ha sido poco estudiada desde un enfoque de conservación de la biodiversidad: “De haber sabido que era tan extremadamente rica en biodiversidad, hasta me hubiera enfocado allá desde un principio”, dice el biólogo.
El reporte del avistamiento del águila harpía llevó a Giraldo a decidir que debía seguir trabajando en la región. De primera mano pudo ver las latentes amenazas que sufren los bosques, el hogar de las águilas que tanto busca conservar. “Muchas veces no se gana nada yendo al bosque más prístino y mejor conservado, porque las especies allá están bien. Si lo que se busca es generar conservación, hay que trabajar con esas personas que están en zona de conflicto. Donde hay deforestación, minería, donde las están cazando”, asegura.

Hasta mayo de 2026, el equipo del Proyecto Grandes Rapaces Colombia ha encontrado siete nidos de grandes rapaces en Segovia, Antioquia. Dos nidos corresponden al águila harpía; otros tres al águila crestada real (Spizaetus ornatus); y dos más al águila harpía menor (Morphnus guianensis).
El Proyecto Grandes Rapaces de Colombia es un proyecto pionero en la investigación y conservación de las grandes rapaces en el país. Las actividades parten del trabajo con comunidades rurales para localizar los nidos de estas águilas, pues encontrarlos suele ser la mejor estrategia tanto para investigarlas como para conservarlas.
Una vez identificado un nido, se socializa la información con el propietario del predio donde se encuentra el área de anidación, destacando la importancia del hallazgo para generar apropiación. Además, se desarrollan procesos de monitoreo en los que los investigadores trepan a los árboles con nidos en momentos que no representen estrés para las aves, con el fin de instalar cámaras trampa que permitan obtener información detallada de estas especies. Esa información sirve luego para socializar hallazgos y tomar decisiones orientadas a su conservación.
La motivación para seguir trabajando en Segovia nació, principalmente y más allá incluso de las águilas, de haber podido encontrar un equipo de trabajo en el que confiar. «Esto es un trabajo que no se puede hacer solo y desde la ciudad. Sin las ganas de seguir saliendo adelante, de compartir, de generar información, de conservar y hablar con las personas. Es algo que he pensado muchas veces: sin ellos dos, el proyecto no podría existir allá. La presencia de un actor local es lo más importante para el desarrollo de estos proyectos de conservación”, explica Giraldo.
“La sensibilidad que ellos tienen es una cosa increíble; es algo que los lleva a sentir la fauna como la sienten, a querer entregarle la vida y su tiempo para trabajar con estas especies», asegura el biólogo.
Actualmente, los Urrego y Giraldo se autodenominan entre risas “los locos que estudian las águilas”. A los hermanos les gusta ser reconocidos como unos líderes en la comunidad que hablan y comparten una pasión por la fauna y los bosques nativos donde habitan las
grandes águilas de Colombia. Ese orgullo hace que hablen con total confianza sobre esas historias crudas de las cosas que hacían antes. Para ellos, es mantener de igual a igual las visitas, la información y las reflexiones que comparten.
A pesar de que la región aún no tiene una actividad económica que logre igualar lo que se gana con la minería, el aserrío de maderas o los cultivos ilícitos, las personas de la vereda y el municipio comienzan a tener nuevas reflexiones sobre cómo se vive y los impactos que esto genera en el ambiente.
Para ambos, que los vean como el ejemplo de que se puede dejar de tumbar monte y cazar porque sí para pasar a una forma de vida que permita contemplar y cuidar lo que hace unos años percibían como una barrera también es un motor para continuar vinculados a este proyecto, a pesar de las dificultades. Ellos le apuestan a demostrarles a sus vecinos que sí se puede vivir sin causar tantos daños a los bosques en los que viven.
“Para nosotros el detonante fue poder empezar a compartir estos conocimientos y conocer otras cosas, saber que son tan valiosas. Aprender que para nosotros es un privilegio convivir con grandes águilas, con jaguares, dantas, paujiles, con monos y árboles gigantes”, concluyen los hermanos.
*Esta historia fue construida en el marco de la iniciativa Voces que Transforman del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y Baudó Agencia Pública, con apoyo de la Embajada de Noruega en Colombia.
Este proceso ha permitido desarrollar textos periodísticos con una metodología que integra el enfoque de derechos humanos, periodismo para el cambio y ciencias del comportamiento para prevenir y mitigar la estigmatización en los temas de paz.